Hay cosas que te llevan irremediablemente hacia tu futuro y no te das cuenta. Pequeños detalles que pasan inadvertidos para todos y que un día te definirán. Cuando era pequeña me quedé encerrada en el cuarto de baño de un hospital. No debió pasar mucho rato desde que el pomo decidió no abrirse hasta que alguien se percató de la situación y me abrió la puerta. Fueron sólo unos minutos, unos miserables minutos.
Lo pienso ahora y me da risa y pena. Me imagino a una pobre niña viviendo su primer gran susto. Algo que no había sentido hasta entonces. Una sensación de que no somos nada y de que nada importa cuando es el mundo el que te controla a ti y no al revés. Desde ese día tengo claustrofobia, a veces ha sido suave y a veces he subido hasta un 6 por la escalera por no coger el ascensor.
El año pasado estuve trabajando para superarla, me encerraba en todos los sitios en los se me cortaba la respiración, subía y bajaba en ascensores durante largos ratos y llegué a dar al botón de cerrar puertas incluso durante horas.
Podría deciros que se fue, pero no es así, por ahora la controlo yo pero nada más.
Simples obligaciones de adulto, porque en el fondo nadie acepta con gusto decir que puede preparar un plan de comunicación para una empresa, pero que es incapaz de subir en ascensor para presentarlo.





