Sunday, October 29, 2006

La condena


Mi vida ha transcurrido de penal en penal y ni un solo día he dejado de revivir la tragedia que la marcó.

¡Pum!

Unos libros caen al suelo.

Es suficiente para que comience todo. Un golpe hueco, retumba en bucles dentro de mi cabeza, suena cómo la caída de un árbol milenario sobre tierra seca. Millones de cristales salen disparados en todas direcciones cruijiendo cómo una enorme bola de papel de plata. El estallido es tan fuerte que de mis oídos comienza a emanar un río anunciando una sordera que nunca llega.


No hace falta gran cosa para volver a encerrarme en ese coche.
Un preso suelta su bandeja repleta sobre una mesa. Los metales chocan y se doblegan al unísono cómo si tuvieran vida propia. Quieren convertirse en un nuevo ser. Quieren que yo participe. Soy un aguíla gritando encerrada en la jaula de un jilguero. Los crujidos atraviesan mi cuerpo. No hay suficiente espacio para mi dentro de ese nuevo ser.

Lloro a diario, el sonido de mi llanto apenas es audible, mis lágrimas no son nada comparadas a las suyas. Las mías son de culpa, las de ellos de rabia. El odio siempre ha sido un sentimiento muy sonoro.

Mi condena está apunto de finalizar. Aunque mi conciencia va por libre, ella no me ha exculpado.

- Se declara al acusado culpable de homicidio involuntario por conducción temeraria bajo los efectos del alcohol.

Mis días en la cárcel se acaban y ahora comienza mi verdadero castigo.




El relato lo he hecho hace unas horas y la foto la hice con Aida y Noé con una cámara de medio formato para la clase de fotográfia de la universidad.

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